No ano 1995 estaba eu metido en historias de medias e de carreiras ( desas que lle levan a un a vivir o que vive, ou quizáis non, porque ao final un vive e punto) cando un profesor de Filosofía comentou a noticia da morte de Popper. Catro minutos nun aula chea de feromonas e basta. A verdade é que quizáis era xusto que ese epitafio pertencese ao "amable Karl", pero o que realmente pasaba era que esa non era noticia nin era nada. Se hai unha morte que o ano 1995 nos deixou (respetando a morte dos amados de cada un) é a do máis infame dos sabios: Emile M. Cioran.
Cioran foi o meu compañeiro de prestación (a mítica PSS), nunha biblioteca estéril, onde os únicos libros abertos eran os libros de texto dos pobres rapaciños que unha mestra histérica condenaba a ler unha e outra vez. Cioran viaxou conmigo a Napoles, catro días de tren e fame, e máis tren, e unha banana (grazas, señora), e máis tren... e alí estaba Cioran tamén, na Piazza Garibaldi, naquela pensión con carrachas como cans (máis tarde sabería que ese non era bo sitio para un estudiante estranxeiro). E nas rúas empedradas dun "pueblo blanco" moi especial, ao pe das serras, ao carón do Mediterráneo, alén da Castela cobarde... alí estaba Cioran, ca febre liquidando as neuronas unha a unha, os ciumes enfermizos e o malviver de catro galegos dispostos a liquidar as proibicións a golpe de gintonic. Pero os tempos mudaron e hai tempo que Cioran non aparece nos estantes cada vez máis baleiros, con máis cacharros e menos follas. E eu pensaba que Cioran ficaría sen ninguén que lle aloumiñase os cabelos xa brancos de tanta terra (eso si que o sabía, el non podía estar nun pisiño deses con macetas na porta), esquecido pola adolescencia, citado nos bares de cando en vez. Morto.
Pero hoxe descubrín que non é así. Cioran aínda esta conmigo. E non, tampouco está enterrado nunha soidade infinita: Simone Boué aloumiña os seus cabelos brancos, enxuga o suor de percorrer toda Francia en bicicleta, calma os ánimos da xenialidade impotente, comparte un café, e quizáis un cigarriño, porque: Emilio, unha vez mortos, por que non pegarlle outra vez ao Ducados?
22 noviembre, 2007
Os dentes da miseria
19 noviembre, 2007
Mierda!

La violencia fascista se ha llevado por delante la vida de Carlos Javier Palomino. Seguramente muchos hemos tenido dieciséis años (otros los tendréis) y sabemos que la sangre hierve como un infinito de notas multicolores en el piano de la adolescencia. Nos apetece probar nuevas melodías, conocer las oberturas de todas y cada una de las sinfonías, y despertar al día siguiente con la resaca del saber que asoma, el saber de la piel del otro, de la voz de los muchos. Las vidas valen mucho más que las ideas, y, por supuesto, mucho más que los miserables desquicios de los fascistas. Me cago en la estética de la guerra. Mierda! Esperemos que este combate termine en los telediarios sensacionalistas.
16 noviembre, 2007
Pacotilla
Algunos nombres pertenecen a la interminable lista de incorruptibles guardianes del poder. Con gran ahínco y tesón se encargan día a día de promover el más rancio de los status quo, la más miserable de las dependencias: la pela es la pela... y tiro porque me toca (a mí, no a ti). Entre ellos encontramos a nuestro amado Paco Vázquez, controvertida figura que puede citar indistintamente a Ernst Bloch o a Monseñor Escrivá de Balaguer, incluso dentro del mismo discurso, con una gimnofléxica virtud para batallar en todos los frentes del euro vil. Abandonando su ciudad, a la que bien pudieran cambiar de nombre, rematando de una vez por todas con la dicotomía tan otrora citada de la dichosa L, tuvo en bien no hacerlo sino por la única que le pudiera otorgar mayor cercanía con el Altísimo: el Vaticano. Ignoramos si su idea de la virtud pasa por el blanco inmaculado del Sr. Mazinger o más bien por los turbios negocios de la Mayor Empresa Jamás Montada, aunque nuestra enferma intuición nos hace decantarnos por esta última opción. Allá en el Vaticano todavía se agitará con los graves problemas que arremeten contra su feudo (el botellón, la inseguridad de las abuelas,...) y no dudará en llamar, como bien acostumbrados los tiene, a cualquiera de sus acólitos de baja moral y mucha cuerda para ejecutar sin demora alguna la conveniencia de turno, gatopardiana acción que en sí misma es nula. Es por ello que proponemos una nueva etiqueta para esta esquina de tierra que pretende ser ciudad, en la que, por avatares del destino (hay quien nace con un apellido, otros lo hacemos, y ya con ello tenemos condena suficiente) venimos respirando, pues vivir, lo que se dice vivir, eso es otra cosa. Sí. Pacotilla. Bienvenidos señoras y señores a la nueva Pacotilla.
Etiquetas:
paco vazquez coruña vaticano
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
